Espadas de llanto y carcajada cortan al vuelo el velo de la niebla mientras en su frenético repiquetear contra el suelo rompen corazones helados llenando así de roja escarcha el paisaje.
Oscuridad axiomatizada, que huye del pálpito de la vida.
Oscuridad que se refleja de los paneles de neón a los ojos y las almas de las criaturas.
Y en lo más profundo del oleante y oscuro pozo del alma, una luz titila desde tiempos inmemoriales. Ésa llama soy Yo. No existe un más allá, tampoco un más aquí.
No existe, en efecto, casi nada. No existe más que una sellada subjetividad de clausura i sombras danzando realidades en mi mente. Puestos a dudar que no quede, sin dudar nada de nada. Sin embargo todos tienen fe, lo sé ¿qué coño van a hacer sinó? A veces pienso en prenderles fuego para ver si realmente están vivos. Sería una lástima i una alegría que así fuera.
Duda i sé, si es lo que te apatece. Hasta la corporalidad es dudable, hasta el Otro puede ser-lo. Yo pedí tregua a Duda y me dijo que era demasiado tarde para perdonar, me exigió el armisticio de la ciencia y el pensamiento, ahora débil confundiendo la creencia y el saber, luego buscando el calor de esa llama me di cuenta que no me podía encontrar.
No estaba seguro de si ahora todo el mar resplandecía homogéneo, o yo había quedado ciego.
Ahora no se llevan las verdades, se habla en terminos de hidrodinámica.
Y decían los pulpos que no veían los peces llorar en el mar, que éstos no sabían lo que es beber, no entendían lo que es un lugar para mear, pues agua era la misma y para todos igual.
Que no sólo no venceremos las olas, sinó que ni la roca las puede resistir, más hábil fuera surfear.
Que podría creer en los humanos, si estos vivieran en Olimpo y no estuvieran en las orillas de la realidad. Pero la erosión de sus estatuas recuerda una caduca existencia, una monótona guerra de trincheras contra el tiempo.
Y encima no hay nada que ganar con todo ello.
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